Que se mueran los feos

Que se mueran los feos

El modelo del neurofisiólogo Paul MacLean es fascinante. Fue popularizado por Carl Sagan en su inmortal “Cosmos”, y sugiere que en la naturaleza evolutiva de los humanos conviven tres estructuras diferentes: El cerebro reptil, el paleomamífero y el neomamífero. El repitiliano, que comprende el tallo cerebral, regula los elementos básicos de supervivencia. Es compulsivo, y gestiona los impulsos más primarios: la territorialidad, la agresividad, el egoísmo. Nuestros antepasados fueron, hace tiempo, reptiles. Una especie no social, no gregaria, que no cuida de nadie salvo de sí mismo.

El cerebro paleomamífero, que comprende el sistema límbico, añade la experiencia actual y reciente a los instintos básicos mediados por el cerebro reptil, incorporando las emociones: las poblaciones de animales que se organizaban para protegerse del entorno tenían más posibilidades de sobrevivir. Si la madre protege a la cria, tiene mas posibilidades de sobrevivir. Si el clan protege a la madre y a la hija, aún aumentan más esas posibilidades. Cuanto más fuerte es el vínculo emocional en la protección del especímen más indefenso, más probabilidades de supervivencia. Y así se añadió una capa emocional al cerebro reptiliano, la necesidad que tenemos de cuidar a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestra pareja.

El cerebro neomamífero controla el neocortex, las facultades superiores. Un cerebro capaz de crear instrumentos, comunicarse, imaginar, y pensar. El área que nos hace hombres. El área que es racional, que aprende, que reprime las pulsiones reptilianas, que crea civilizaciones, leyes, arte, cultura. Humanismo.
De acuerdo con MacLean, en los humanos y otros mamíferos avanzados existen los tres cerebros. Los mamíferos inferiores tiene sólo los cerebros paleomamífero y reptil. Todos los demás vertebrados tiene sólo el cerebro reptil.

 

El grado de civilización de una sociedad se puede medir por el grado de protección que brinda a sus miembros más desfavorecidos.

 

Cierto, es más fácil proteger al desfavorecido en las sociedad ricas, con abundancia de recursos. EL reto, lo que nos hace verdaderamente humanos, en ser capaces de proteger a nuestros miembros más vulnerables en la escasez. Cuando el invierno ha llegado.

Y sí, el invierno ha llegado. Los miembros de nuestra sociedad que hemos elegido para gestionar nuestros recursos no eran, evidentemente, lo más adecuados, y ahora nos espera un largo invierno. Una época de escasez que va a poner a prueba nuestro humanismo.

La respuesta de la sociedad ha sido reducir la prestación a la dependencia, reducir los cuidadores, reducir plazas en residencias, incrementar el IVA, implantar el repago sanitario, recortar la sanidad. Limitar, en resumen, las probabilidades de sobrevivir de su colectivo más vulnerable: tercera edad, enfermos y personas con alguna discapacidad física.

Si fueramos una sociedad civilizada encontraríamos la forma de redistribuir la riqueza para poder sostener la vida de estos colectivos. Buscaríamos mecanismos para que las capas con más renta disponible contribuyan al sostenimiento de las más desfavorecidas. Porque es lo que nos hace humanos, porque es lo que nos distinguen como especie. Porque es lo justo.

Pero, al parecer, hemos elegido unos gestores que no se distinguen por su humanismo, sino por estar claramente influidos por su cerebro reptiliano: agresividad, territorialidad, egoismo. Al grito del “que se jodan”. Que se mueran los feos.

¿Sabremos reaccionar como sociedad?

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