Schumacher ya no es Schumacher

Schumacher ya no es Schumacher

Reproducimos aqui un fantástico post de Ignacio Calderón Almendros sobre la discapacidad y la esencia de la humanidad. Las preguntas clásicas de qué es el hombre, qué es la persona y la personalidad con el transfondo de la discapacidad en un ejemplo tan extremo como Michael Schumacher.

El post original está aqui:


Hace unos meses, antes de que Michael Schumacher saliera del coma tras su accidente de esquí, leí un titular que me llamó poderosamente la atención. Gran cantidad de medios de comunicación se hicieron eco de las palabras que Richard Greenwood, un reputado neurólogo, ofreció en una entrevista para la Asociación Médica Americana de Psiquiatría: “Si Michael Schumacher sobrevive, no va a ser Michael Schumacher”. Y desde que la leí no he podido dejar de dar vueltas a esta paradoja que cada día me vuelve a sumergir en la incertidumbre.


 

Varias son las ideas que no me dejan en paz. La primera de ellas tiene que ver con la identidad. Porque si Schumacher sobrevivía al accidente, según el médico, dejaría de ser él. Y el problema es que sabemos que sigue vivo… Se produce así un episodio de gran trasferencia de poder: la identidad de Michael la definen, desde que entró en el hospital, los médicos. Ya no es él, ya no tiene control sobre quién es, sino que es definido por ellos. Comienza así a pertenecer a uno de esos colectivos definidos por terceros. Schumacher ya no es Schumacher. Es, en palabras del médico, “otro”. Ha sido despojado, incluso, de su pasado. Y muy probablemente ese “otro”, el eterno otro, estará presidido por la discapacidad.

 

Por otra parte, de esas palabras del médico se trasluce una concepción inmovilista del ser humano: siempre somos la misma persona. Siempre somos idénticos. El tiempo (y con él la experiencia) pasaría por nosotros sin dejarnos huella, sin modificarnos. Schumacher siempre fue igual hasta que un día adquirió la condición de persona discapacitada. Y desde aquel preciso momento, dejó de ser él. Cuesta pensar que el bebé Michael fuera idéntico al Schumacher que veíamos en televisión ganando títulos de F1, pero en esa falacia vivimos. Nadie cuestiona su identidad, nadie advierte sus continuas diferencias, hasta que adquiere la discapacidad. Y es en ese momento en el que se le aísla en la leprosería de las diferencias, impidiendo la alteridad. Sólo entonces es otro, sólo entonces es diferente al resto de los seres humanos, que seguimos siendo idénticos de por vida… Hasta que un día, a menudo a la vejez, nos expulsan del mundo de los idénticos, con la excusa de que el Alzheimer o la demencia nos transformó en otra persona diferente al resto y a nosotros mismos. Y preferirán recordarnos como antes, porque esa nueva persona, otra persona, tiene que exiliarse al mundo invisible en el que ya se ha sumido a Schumacher. Ya nadie lo ve.

 

Pero en este caso hay otra paradoja que acapara mi atención: Schumacher, el Schumacher del que hablaba el neurólogo, el verdadero Schumacher y no el actual impostor, era en realidad la marca Schumacher. El logo Schumacher. El rojo Ferrari Schumacher. La cosa Schumacher. Y entonces, en este caso, Michael pasa de ser cosificado como producto de consumo (el auténtico y único Schumacher) a ser cosificado como producto de desecho (el impostor que ya no es Schumacher). Cosificado en cualquier caso, convertido en cosa, para una sociedad capitalista en la que la persona Schumacher nunca importó más que a su familia y a sus amigos. A esos para los que nunca fue el mismo, o para los que en realidad, sigue siendo el mismo.

 

Y esta diferenciación interesada que hacemos de unos y no de otros se encuentra a la base de buena parte de las exclusiones que en la actualidad construimos entre todos y todas. Porque “el diferente” es siempre el otro, porque yo soy idéntico. Yo soy normal. Por eso seguimos divisiones dicotómicas que nos obligan a renunciar a lo que hay del otro en mí y a excluirlo: inteligente/torpe, autóctono/extranjero, válido/inválido, aprobado/suspenso, bueno/malo… Necesitamos reivindicar nuestra naturaleza compleja, a caballo entre la identidad y las diferencias, entre el yo y el otro, entre la realidad y los sueños. Porque negar las diferencias conlleva la muerte, como la que le dio el neurólogo a Schumacher con aquellas palabras. ¿Para qué educarnos si eso no significa una transformación personal y del mundo? Necesitamos reivindicar el nosotros. Seguro que el hijo y la hija de Michael no tienen dudas sobre su padre. Ese neurólogo debería, en lugar de informar, preguntarles.

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